Tú has dejado de fijarte en cómo él pone tu taza ordenadamente en el fregadero y ella ha dejado de fijarse en cómo él recoge a los niños sin recordárselo.
Estos gestos insignificantes se disuelven en el ruido de fondo de la vida cotidiana, hasta que un día desaparecen por completo, dejando tras de sí sólo una sensación de insoportable ordinariez y costumbre, informa el corresponsal de .
La gratitud funciona como una lupa mágica que devuelve la atención a estas microexpresiones de cariño, recordándonos que no son una obligación, sino una elección diaria. Los psicólogos afirman que expresar gratitud desencadena en el cerebro del interlocutor la producción de dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y la motivación.
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En pocas palabras, tu «gracias» le hace sentirse bien y refuerza subconscientemente el deseo de volver a hacer buenas acciones. Sin este refuerzo, incluso la persona más receptiva puede acabar decidiendo que sus esfuerzos no son apreciados y dejar de intentarlo.
No se trata de palabras formales por el regalo de un ramo de flores. Se trata de gratitud por una presencia suave y constante, por la paciencia en los momentos de mal humor, por la disposición a escuchar un monólogo cansado sobre la jornada laboral.
Cuando lo expresas, conviertes el abstracto «estamos juntos» en un valor concreto y tangible que el otro puede ver y sentir. Los expertos en el campo de la psicología positiva aconsejan practicar una gratitud extremadamente específica, en lugar de general.
No «gracias por todo», sino «gracias por recoger a los niños hoy, he tenido una reunión difícil y esto me ha sido de gran ayuda». Este tipo de detalle demuestra que realmente has visto y apreciado la contribución del otro a tu bienestar general.
La experiencia personal de las parejas que han puesto en práctica un ritual nocturno de gratitud destaca por la sencillez del descubrimiento. Resulta que cuando empiezas a buscar cosas por las que estar agradecido, de repente descubres docenas de pequeños actos que antes habían pasado desapercibidos.
Dejas de ser un consumidor pasivo de amor y te conviertes en un cocreador activo del mismo. El peligro está en el trato: «Te daré las gracias si tú…».
La verdadera gratitud es incondicional. Aprecia el hecho mismo del esfuerzo, aunque el resultado no sea perfecto.
La gratitud por intentarlo es a veces más importante que por el éxito perfecto, porque mantiene a tu pareja lo suficientemente valiente como para intentar cosas nuevas para ti y para tu pareja. Cuando la gratitud se convierte en el lenguaje de tu hogar, se instala un clima especial.
Desaparece la atmósfera de quejas silenciosas y resentimientos tácitos. Lo sustituye un sentimiento de trabajo en equipo, en el que la contribución de cada uno es visible y, por tanto, respetada. En un espacio así, las disputas dejan de ser guerras para convertirse en momentos de trabajo.
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