La palabra «hambre» ha adquirido connotaciones negativas en nuestro vocabulario y ha llegado a evitarse como algo peligroso y antinatural.
Llevamos bocadillos con nosotros, temerosos de perdernos el almuerzo, comiendo las primeras señales de vacío en el estómago sin comprender su naturaleza, informa el corresponsal de .
Pero, ¿y si ese leve malestar no es una señal de SOS, sino simplemente un estado neutro para conocer mejor? Muchas prácticas, desde el ayuno a intervalos hasta las simples pausas sensatas entre comidas, no se basan en el tormento, sino en el restablecimiento de los ritmos naturales.
El cuerpo necesita tiempo para completar el proceso digestivo y pasar a los procesos de reparación y purificación celular: la autofagia. El picoteo constante, incluso de frutos secos saludables o yogur, le priva de esta oportunidad, obligando al sistema digestivo a trabajar sin parar.
El hambre fisiológica es una sensación leve: un ligero retumbar, vacío, tal vez un ligero bajón de energía. Se distingue fácilmente del hambre emocional, que aparece de repente y exige cosas concretas: dulce, salado, crujiente. Es una reacción al aburrimiento, el estrés o la fatiga.
Los expertos en nutrición sugieren un sencillo experimento: al primer pensamiento de comida, beber un vaso de agua y esperar 15 minutos. A menudo la sed se disfraza de hambre, y una breve ranura permite comprender los verdaderos motivos. Si el deseo no ha pasado – significa que es hora de comer conscientemente y con placer.
La cultura de la disponibilidad de comida 24 horas al día, 7 días a la semana, nos ha insensibilizado para tolerar incluso una mínima incomodidad. Pero es en ese hueco entre la saciedad y el hambre donde suelen nacer la claridad mental y la ligereza corporal. No se trata de ascetismo, sino de sentir tus necesidades reales.
Prueba a aumentar el intervalo entre la cena y el desayuno, haciendo que la ventana nocturna del hambre sea un poco más larga. Muchas personas afirman dormir más profundamente y tener mañanas más enérgicas. El cuerpo, que no está ocupado digiriendo la cena, está totalmente descansado y revitalizado.
El miedo a saltarse comidas suele tener su origen en la infancia o en la experiencia de dietas rígidas. Confiar en el cuerpo y entender sus señales es una habilidad mucho más importante que seguir un horario rígido. El hambre deja de ser un espantajo cuando sabes que puedes saciarla en cualquier momento.
Lea también
- Lo que el estrés crónico te está haciendo realmente: síntomas atípicos que se tachan de fatiga
- Cómo dormir para dormir bien: consejos paradójicos de un somnólogo
