Vivimos en una era de globalización en la que las fresas y los aguacates están disponibles en cualquier época del año, lo que crea la ilusión de que a nuestro cuerpo no le importa qué comer en enero y qué en julio.
Sin embargo, nuestros ritmos biológicos, sintonizados con los cambios de estación, siguen esperando señales del mundo exterior en forma de temperatura, duración de la luz diurna y, lo que es más importante, la disponibilidad de ciertos alimentos, informa .
Ignorar estos ciclos es como intentar dormir con mucha luz: más o menos puedes hacerlo, pero la calidad de tu descanso se resentirá. En invierno, cuando las horas de luz son más cortas y bajan las temperaturas, el cuerpo pide instintivamente más alimentos calientes y energéticos: tubérculos, calabazas, cereales, guisos, pescados grasos y sopas calientes.
Pixabay
No se trata de un capricho, sino de un intento de mantener la temperatura corporal y compensar la carencia de vitamina D, cuya producción es nula. Las ensaladas de verano durante este periodo pueden dejarte frío e insatisfecho, aunque estés lleno.
Con el calor del verano, se reduce la necesidad de calorías para la termorregulación, pero aumenta la de agua y alimentos ligeros que no sobrecarguen la digestión. Las verduras jugosas, las hierbas, las bayas y las sopas frías son opciones ideales para ayudar a refrescarse y reponer los micronutrientes que se pierden con el sudor.
Los platos pesados de carne y los productos horneados en esta época suelen causar letargo y pesadez porque el cuerpo gasta demasiados recursos en digerirlos a expensas de adaptarse a la alta temperatura. Nuestros antepasados, que no tenían acceso a todos los alimentos durante todo el año, comían intuitivamente según la estación, y la ciencia nutricional moderna encuentra un profundo significado en ello.
Las bayas y frutas de otoño son ricas en vitamina C para preparar el sistema inmunitario para el invierno, y las verduras de primavera contienen sustancias que ayudan a una desintoxicación suave tras un invierno de alimentos más pesados. Seguir este calendario natural es una forma de armonizar los procesos internos con el entorno externo.
Mi amor por las ensaladas durante todo el año se convirtió en congelarme constantemente en invierno y sentirme decaída hasta que empecé a añadir más verduras asadas, caldos y gachas a mi dieta.
En verano, en cambio, el propio cuerpo rechazaba las gachas calientes y pedía más verduras y fruta. No se trataba de una planificación dietética, sino de seguir una petición obvia.Los expertos en Ayurveda y Medicina Tradicional China siempre han elaborado sus recomendaciones en función de las estaciones, y ahora este enfoque se está colando en la corriente dominante-dietética. No se trata de reglas estrictas, sino de un cambio flexible de énfasis: más platos calientes cuando hace frío, más frescos y jugosos cuando hace calor.
No se trata de una dieta, sino de una danza con la naturaleza, en la que te guías escuchando el ritmo de tu propio cuerpo. La alimentación estacional consiste en renunciar a abusar de uno mismo en favor de reglas abstractas y volver a una forma de vida natural y cíclica.
Enseña flexibilidad y atención plena, recordándonos que formamos parte de un todo mayor y que nuestro bienestar depende de estar en armonía con los ritmos del mundo que nos rodea. Comer en temporada significa hablar el mismo idioma con el cuerpo.
Lea también
- Qué pasa si vas a la compra con el estómago lleno: ahorrar dinero y calorías por razones nada obvias
- Por qué tu piel es tu mejor nutricionista: cómo tu rostro revela tus hábitos alimentarios
