Rara vez pensamos en el hecho de que no sólo comemos con la boca, sino también con todo el cuerpo, que reacciona instantáneamente al choque térmico de los alimentos.
Los sistemas tradicionales de medicina afirman desde hace siglos que los alimentos helados debilitan el «fuego de la digestión», y la ciencia moderna empieza a encontrar curiosas pruebas de ello, relacionando la temperatura del plato con la ansiedad y la calidad del sueño, informa .
Una investigación estadounidense demuestra que las personas que abusaban de las bebidas frías en verano eran más propensas a quejarse de molestias abdominales, insomnio y aumento de la ansiedad. Curiosamente, los efectos fueron más pronunciados en los participantes procedentes de Asia, cuya cultura evita históricamente el frío en las comidas.
Esto apunta a una profunda conexión entre las tradiciones alimentarias, la fisiología y el estado mental. Por otra parte, los que tomaban más bebidas calientes en invierno declararon haber mejorado la digestión y estabilizado su estado de ánimo.
El calor parece actuar como una señal de seguridad para el sistema nervioso, permitiéndole relajarse y entrar en modo de recuperación. Una taza de caldo o infusión caliente puede ser algo más que una comida, sino una especie de ritual terapéutico.
La fisiología es sencilla: el cuerpo gasta su propia energía para calentar o enfriar los alimentos que recibe a una temperatura en la que las enzimas puedan trabajar. La ingesta habitual de batidos helados o sopas hirvientes supone un esfuerzo adicional, a menudo inadvertido, para un sistema que ya se ocupa de miles de tareas cada segundo.
Pero existe un punto de vista opuesto: algunos nutricionistas creen que la temperatura de los alimentos no es decisiva, ya que se iguala rápidamente ya en la boca. Sin embargo, hacen una importante salvedad: en presencia de enfermedades gastrointestinales, como el reflujo, las temperaturas extremas pueden provocar un agravamiento.
Un cuerpo sano tiene más facilidad para adaptarse, un cuerpo debilitado lo tiene más difícil. El experimento de cambiar a bebidas calientes y alimentos a temperatura ambiente tuvo un efecto sorprendente: la digestión se volvió tranquila y predecible.
No era una cura, sólo eliminaba un irritante constante. Prestar atención a la temperatura es cuidar a nivel táctil.
Puedes elegir una sopa de gazpacho fresca pero no helada cuando hace calor, y una papilla caliente pero no hirviendo cuando hace frío. No se trata de un control fanático, sino de encontrar una media dorada confortable que cambia según la estación, tu estado e incluso la hora del día.
La temperatura de un alimento es su mensaje oculto, no verbal, al cuerpo. El frío puede ser vigorizante y refrescante, pero también estresante.
El calor puede calentar y reconfortar, pero a veces también escaldar. Aprender a leer y enviar las «señales de temperatura» adecuadas es lo último en alimentación consciente, donde la comida se convierte en una herramienta para afinar tu bienestar.
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