Para muchas personas, Nochevieja, los cumpleaños y otras fiestas no son una alegría de socialización, sino un campo de batalla con uno mismo, plagado de platos de comida «peligrosa».
Acudimos al evento con ansiedad, haciéndonos promesas de antemano de «aguantar», y luego, ya quebrados, acabamos la olivada bajo la tiránica voz interior, que nos habla de los kilos ganados y la voluntad débil, informa el corresponsal de .
Las vacaciones se convierten en una tortura, y la comida en un instrumento de autotortura. Este escenario se repite año tras año porque nos acercamos a la fiesta desde una posición de escasez y prohibición, como si fuera territorio enemigo.
Nuestro cuerpo, sintiendo la amenaza de las restricciones, cae de forma natural en el modo «ponerse al día con la reserva», empujando a comer en exceso. El secreto para pasar las vacaciones sin dolor no reside en la fuerza de voluntad, sino en un cambio de estrategia: de defensiva a adaptativa.
La primera y principal regla es anular todas las inhibiciones por un día. Permítete comer lo que quieras sin pensar en las consecuencias.
Paradójicamente, esto alivia la tensión neurótica y la propia obsesión por la comida. Cuando nada está prohibido, se pierde la emoción del transgresor y se empieza a elegir lo que realmente se quiere probar, en lugar de arrasar con todo por espíritu de contradicción.
El segundo paso es desplazar el foco de atención de la comida a la esencia de la fiesta: la gente, la socialización, el ambiente. Hablar, bailar, jugar con los niños, ayudar en la cocina.
Cuando participas en el proceso, tu mano busca automáticamente la comida con menos frecuencia. La comida se convierte en un añadido agradable a la velada, en lugar de ser el principal propósito y significado de la misma.
Practica la «prueba de la lengua»: coge una porción muy pequeña de cualquier cosa que te parezca interesante, como en un bufé. El objetivo es probar, no llenarse.
A menudo resulta que la ensalada que parecía tan apetitosa tiene un sabor demasiado grasiento y el pastel de especialidad es empalagoso. La degustación consciente evita acabarse automáticamente una ración grande «porque la ponen ellos».
Después del festín, olvídate de la palabra «compensación». No tienes que pasar hambre ni hacer un entrenamiento agotador. Simplemente vuelve a tu rutina normal y cómoda de alimentación y movimiento.
Un día no te hará engordar, al igual que un día de dieta no te hará adelgazar. Un metabolismo sano puede manejar fácilmente estas fluctuaciones si no te dejas llevar por el pánico.
Me ayudó imaginarme en un festival de sabores donde el reto es ser un experto catador en lugar de un visitante hambriento. Este enfoque lúdico le quita toda seriedad y dramatismo al proceso, convirtiéndolo de un reto en una curiosa aventura.
Celebrar es vivir, y la vida a veces implica un trozo de tarta y una ensalada con mayonesa. Ser capaz de superar estos momentos sin autolesionarse es señal de una relación madura y sana con la comida.
Cuando dejas de temer la mesa navideña, por fin tienes la oportunidad de celebrar de verdad.
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