Estamos acostumbrados a amortiguar el sabor amargo del té con cucharadas de azúcar, miel o mermelada, sin intentar siquiera escuchar la verdadera voz de la bebida.
El dulzor no sólo añade calorías vacías, sino que bloquea nuestra percepción, haciendo que cualquier variedad nos parezca igual, según el corresponsal de .
Pruebe un experimento: beba su té habitual sin los aditivos habituales, escuchando atentamente cómo se siente. Al principio, probablemente sentirá una acidez desconocida o un ligero amargor.
Pero a partir del segundo sorbo, empezarán a surgir otras notas: los oolongs florales revelarán un matiz de melocotón, un buen té negro – tonos de miel o malta, el té verde – frescura herbácea. El té sin azúcar ya no es sólo un líquido caliente, se convierte en una bebida de carácter complejo y largo regusto.
Esta experiencia nos enseña a distinguir entre una hoja de calidad y el polvo de baja calidad. No se puede beber un té malo sin azúcar: será áspero y plano.
Uno bueno, en cambio, abrirá toda una paleta en la que no habías reparado antes. El proceso de beber té se ralentiza y se convierte en un momento de pausa consciente.
Ya no se bebe la taza de un trago, sino a pequeños sorbos, saboreando el juego de sabores. Es una forma no violenta de reducir la ingesta total de azúcar que se cuela inadvertidamente en nuestras vidas a través de las bebidas.
El té empieza a cumplir su verdadera función: calmar la sed y vigorizar, en lugar de aportar carbohidratos rápidos. Si te resulta difícil, empieza con té blanco u oolongs ligeros: tienen un regusto naturalmente dulce.
Añade a tu taza una rodaja de naranja, un par de frambuesas o una ramita de menta en lugar de azúcar. Le darán una nueva dimensión sin interrumpir el sabor. Con el tiempo, tus receptores se irán aclarando y te sorprenderá descubrir que el té dulce te parece azucarado y poco impresionante.
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