El tipo de actividad física que realizamos durante el día dirige discretamente nuestro apetito nocturno.
Un agotador entrenamiento de alta intensidad puede desencadenar hambre de lobo y antojos de carbohidratos rápidos como combustible rápido, informa .
En cambio, un tranquilo y largo paseo por el parque suele equilibrar los niveles de azúcar y calmar el sistema nervioso, preparándolo para elegir una cena ligera y sana. Un ritmo lento y monótono de pasos actúa como meditación.
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Sincroniza la respiración y los latidos del corazón, reduce los niveles de cortisol y da al cerebro la oportunidad de procesar las experiencias del día. No vuelves a casa con un ritmo cardíaco de 180 y ganas de comerte toda la nevera, sino en un estado de serena claridad.
He sustituido los entrenamientos nocturnos en un gimnasio atestado por paseos de una hora antes de cenar. Antes podía comer filete y patatas fritas después del gimnasio, pero ahora mi cuerpo me pide intuitivamente verduras guisadas o sopa.
No sólo ha cambiado mi apetito, sino también la profundidad de mi sueño y mi estado de alerta matutino. Un paseo crea un amortiguador temporal entre el estrés de la jornada laboral y la cena.
En esa hora, tu cerebro tiene tiempo de pasar del modo «plazos y problemas» al modo «descanso y recuperación». Te acercas a la cocina no como un resorte comprimido, sino como una persona relajada capaz de tomar decisiones con conocimiento de causa.
Caminar mejora la circulación sanguínea, incluida la de los órganos digestivos. Esto prepara suavemente el tracto gastrointestinal para el trabajo.
Después de un paseo, la digestión se pone en marcha de forma más eficiente, los alimentos se digieren más completamente y la sensación de saciedad llega más rápido. Curiosamente, pasear por la naturaleza, donde hay vegetación y el canto de los pájaros, funciona mejor que hacerlo por la ruidosa acera de una ciudad.La naturaleza actúa como antidepresivo, reduciendo la ansiedad, que es una causa frecuente de comer compulsivamente por la noche. No hace falta batir récords de velocidad o kilómetros.
El ritmo y la duración en sí son importantes. Incluso 40-50 minutos de paseo tranquilo bastan para restablecer el sistema nervioso y recuperar el control del apetito, que parece incontrolable después de un día duro.
Al convertir el paseo vespertino en un ritual, se crea un poderoso anclaje que separa el día de la noche, el trabajo del descanso, la alimentación caótica de la consciente. Es un hábito sencillo pero profundo que cambia no sólo tu menú, sino la calidad de toda tu vida nocturna.
Cuando un paseo se convierte en la comida previa a la cena, comer pasa de ser una forma de picar el estrés a un final lógico y agradable del día. No comes porque estés cansado, sino porque tienes hambre, y esa diferencia lo cambia todo.
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